Los que consumen tiempo cualificado sin requerir criterio cualificado, que en un despacho son más de los que parece. El primero y más rentable: la contabilización de la documentación que mandan los clientes. Facturas, tickets y extractos que llegan en PDF, en foto de WhatsApp o en una carpeta compartida, y que hoy alguien teclea uno por uno. Ese circuito se automatiza con revisión solo de excepciones y devuelve, en despachos con cartera de cierto volumen, jornadas completas al mes.
El segundo son las consultas recurrentes. "¿Puedo deducirme esto?", "¿qué necesito para contratar?", "¿cuándo se presenta el modelo tal?". Un asistente construido sobre la normativa aplicable y, sobre todo, sobre el criterio propio del despacho, prepara el borrador con la fuente citada y el profesional revisa y envía. El valor no es solo el tiempo: es que la respuesta deja de depender de a quién le toque el correo.
Y el tercero, el menos glamuroso y el de riesgo más bajo: la capa operativa que no es jurídica. Triaje del buzón, detección de notificaciones con plazo para que no duerman en la bandeja, minutas, provisiones y el teléfono de primer nivel. Muchos despachos empiezan por aquí precisamente porque no toca el trabajo profesional y sirve de rodaje.