Por medir, no por comprar. La primera semana de cualquier proyecto nuestro en Asturias consiste en cronometrar el proceso que sospecháis que os quema horas: cuántos documentos entran al mes, cuántos minutos lleva cada uno, cuántas veces suena el teléfono y para qué. Ese dato, que casi ninguna empresa tiene, es lo que convierte la conversación sobre IA en una decisión de negocio en lugar de en una apuesta.
Con esa línea base delante, el candidato a primer proyecto se elige solo. En la industria asturiana suele salir uno de estos tres: la entrada de documentación (albaranes, certificados, partes) que hoy se teclea, la preparación de ofertas técnicas que se rehacen desde cero cada vez, o el teléfono que interrumpe a quien está produciendo. En servicios profesionales, la contabilización de documentación de clientes o las consultas repetidas.
Lo que desaconsejamos abiertamente es empezar por un proyecto de datos ambicioso —un cuadro de mando corporativo, un modelo predictivo— antes de haber automatizado lo evidente. Es más caro, tarda más en demostrar valor y suele acabar en un informe que nadie mira. La secuencia que funciona es al revés: automatiza el proceso que duele, mide lo que devuelve y con ese dato decide el segundo.